No quiero escuchar ronroneos de inercia en las fronteras de mi intimidad; no ha de ser el límite, una pérfida línea de la sombra
faltando a su buena fe. Escurridiza y a veces invisible acampa a nuestra vera esa rutina con pretensiones de quedarse a morar y convertir la vida en puro drama, en oscura quimera. Darle la vuelta al calcetín, a la tuerca de la desengrasada rosca, darle una nueva vuelta y sorprender al sentimiento en pura dicha, porque no hay gozo en el hábito de la repetición.
En el callejón Laguna ya no vuelan flores de buganvilla, el asfalto y la acera no son un manto de papelinas; sólo está el muro enjalbegado y la calle limpia.